Viento que regala treguas
en los meses invernales
y que en verano parece
que inyecta fuego en el aire.

Espera la contundencia,
en su máximo esplendor,
de las ráfagas de rayos
que lanza con fuerza el Sol

y, en su camino a la tierra,
hace mezclas con el aire
que, haciendo un efecto lupa,
nos resulta irrespirable.

A veces trae calima,
esa arena del desierto
que nos recuerda que África
no está para nada lejos.

Se creyó durante siglos
que ese viento era venganza
de un rey moro que, al salir
de su Al Andalus del alma,

juró que se vengaría
del destierro involuntario
y nos mandaba el bochorno
con deseos de mal fario.

Ese azote de calor
nunca fue tan esperado
como lo será este año
en los meses de verano.

A él nos encomendamos,
a su azote de calor
para que aniquile el virus
que nos llenó de dolor.

Que lo queme, que lo abrase,
no deje ni sus cenizas,
queme hasta su incubación
y para siempre lo extinga.

Y, si viene con calima,
esa arena del desierto
entierre cada partícula
y destierre su recuerdo.