Quien prefiere los museos
a través de su ventana
corriendo desde la cama
para subir la persiana.

Quien renuncia a restaurantes
con estrellas Michelín
por cultivar en su huerta
su propio calabacín.

Quien renuncia a la Gran Vía
por pasear por el campo
y ver cómo su paisaje
va cada día cambiando.

Quien se deleita mirando
viejas paredes de piedra,
rebaños con sus cencerros
y el agua de las acequias.

Quien disfruta con las flores,
las moras y las cerezas
y su deleite es comer
los higos de las higueras.

Quien elige que sus hijos
sepan de cabra y de monte
tanto o más que de hamburguesas
y de parques de atracciones.

Quien renuncia a los servicios
que le ofrece la ciudad
por estar en sintonía
con el entorno rural

que tiene su propia vida,
que tiene su propio ritmo,
tiene tu propio sabor,
tiene sus propios servicios.

Por eso tiene sentido
que en la situación actual
tenga normas adaptadas
a su propia realidad.

No se mide aquí el espacio
en metros sino en robadas,
las horas las anuncia el Sol
que nos despierta en el alba

haciéndole el coro al gallo
y a algún que otro tractor
que, sin riesgo de contagio,
puso su arado en acción.