“Grabada a fuego”

En el Citröen GS
mi sabio padre advertía
que no fuese a disgustarme
pues mi equipo perdería.

Último contra primero,
y encima de visitante,
no había nada que hacer
el domingo por la tarde.

Y tal vez me lo creí
hasta que rodó la esfera
teñida de nuestro azul
en la mítica Galera.

Goliat no podía dar crédito
al verse tan desbordado
por David que iba creciendo
asestándole sus palos.

El héroe de la Galia
era nieto de don Galo
y espoleaba a sus bleus
pasando sobre el contrario.

Autopases y regates
de los que hacen historia,
iniciaba los ataques
e hizo el gol de la victoria.

El héroe de la tarde
me contó la explicación
de cómo se fue forjando
tan magna motivación.

La que forjó la victoria
nació en una discoteca
cada sábado de invierno
donde los chicos se retan.

“Os vamos a meter doce”
era la frase imprudente
que a la bestia picaría
poniéndole tan caliente

que aquel niño que en la grada
celebraba la victoria
la tiene grabada a fuego
como una imborrable historia.

Y, como seguíamos últimos,
ahí tuvo su esplendor
el legendario refrán:
“quien ríe último, ríe mejor”.

“La banda de Lerín”

Como piedras en mosaico,
como estrellas en acción
que en conjunto hacen que brille
toda la constelación.

Haciendo soplar el viento
en tonos muy diferentes,
percusiones de tambor
o de bombo contundente.

Siempre poniendo el talento
al servicio del conjunto,
con voces muy diferentes
pero el ritmo sólo es uno

porque el director aúna
las virtudes de sus miembros
combinando habilidades
y dando conocimientos.

Sacrifican muchos planes
y momentos familiares
por amenizar las fiestas
y actuaciones culturales.

Seguro que les compensa
no sólo por el placer
de hacer algo que es bonito
y al mismo tiempo aprender

mas también el trofeo
que reciben de la gente
cuando al recorrer las calles
ven sus rostros sonrientes.

Porque no hay mayor regalo
que una sonrisa sincera
igual que sincera es
la tan merecida deuda

que la banda de Lerín
tiene con Pablo Gallego
y siempre lo reconoce
con su gesto más sincero.

Sólo puedo decir gracias
por regalar vuestro tiempo,
regalando esos acordes
a vuestro querido pueblo.

Fotos: Quique Lorente

“Nombres de calles”

Pueblo cuyos habitantes
destacan por el placer
que recorre cuerpo y alma
a la hora de comer.

Piperos, ranchos, meriendas,
chistorradas, migas, pinchos,
calderetes, bizcochadas
y, antes de comer, los fritos.

Por eso no es de extrañar
que de todas nuestras calles
con un nombre de comida
haya una que se halle.

La calle del Abadejo
y debería haber más:
la de la Sopa de Almendra,
nuestro postre popular.

Y, puestos a engrandecer
y a honrar las tradiciones,
dedicaría una calle,
pero una de las mejores,

al manjar más exquisito,
que en Lerín se hace sublime,
y sólo los elegidos
su grandiosidad distinguen.

Por supuesto, el Patorrillo,
el que la gente vulgar
pregunta de qué consiste
y no se atreve a probar.

Pero ya dice el refrán:
“No está hecha la miel pa’l asno”
y aunque la miel es gloriosa
nunca llegará a ser tanto

como esa divina mezcla
de sangre, patas y entrañas
que, en su salsa, a fuego lento
todo su esplendor alcanza.

“Del mar el mero y de la tierra el cordero”
y a ese delicioso ser
le sacó toda su esencia
alguna sabia mujer

que en su lerinesa olla
mezcló con ajo y cebolla,
con aceite y con tomate
y que fue tan generosa

de compartir su receta
con las gentes de la villa,
ese ser tan especial,
esa persona divina

que las diosas de la Grecia
no le llegan ni a la altura
de la alpargata que calza,
yo le haría una escultura.

No se transmitió su nombre
pero sí su creación
y con un nombre de calle
yo honraría tal acción.

“Aulas y patios”

Recuerdos de aulas y patios,
de pasillos con murales,
de gimnasio y espalderas
y actuaciones teatrales.

Tantas cosas aprendimos
y aun después de tantos años
innumerables lecciones
intactas las conservamos.

El templo de aprendizaje
donde pasamos la infancia,
sin ningún tipo de alarde
siempre estuvo a la vanguardia.

Cuando lo de reciclar
se hallaba en la prehistoria
con la operación papel
íbamos haciendo historia.

No había huerta ecológica
pero en el día del árbol
aprendimos a cuidar
el entorno y repoblarlo.

Practicamos un montón
de deportes diferentes
y al llegar las Olimpiadas
sobresalíamos siempre.

Infinitas las escenas
que quedan en el recuerdo:
los días de las vacunas
y la época en que el lechero

nos traía minibricks
y ardía la expectación
por conocer cada día
a qué tenía sabor.

Tardes de ajedrez y damas
en la sala audiovisual
y para clase de plástica
teníamos que comprar

las tablas que nos vendían
Pepe Zudaire o Fidel
y también Marcos Chocarro
nos cortaba en su taller.

Cuántas bromas se gastaron
con el mítico esqueleto
que había en el laboratorio
de mi querido colegio.

Siempre estuvo a la vanguardia
está y siempre lo estará,
porque ésa es su impronta,
su seña de identidad.

“Los ranchos”

Lunes de Pentecostés
y el ocho de septiembre,
el día en que la novena
de la Blanca echaba el cierre.

A muchos nos encantaba
bajar por el caminillo,
con riesgo por despeñarnos,
hasta llegar al destino,

donde el pueblo se juntaba
y se hacían tan patentes
la ilusión y la alegría
en un día diferente.

Tras la misa, las campanas
que nos dejaban tocar
a los niños provocando
una emoción especial.

Y, tras los besos y abrazos,
las cuadrillas se juntaban
a organizar las comidas
en los sotos y cabañas.

El día de las meriendas
o los ranchos, para otros,
a mí siempre me gustaba
celebrarlo en algún soto

que congregaba cuadrillas
de muy diversas edades
con lazos de vecindario,
de amistad o familiares.

Se acercaba el mediodía
y llegaban los momentos
que sacaban a la luz
el nivel de fundamento

de las distintas cuadrillas,
pues algunos ya tenían
casi acabado el caldero
mientras los otros pedían

en sucesión de ocasiones
si les sobraba el aceite,
la sal, el ajo o el agua
y pasaba habitualmente

que esos desorganizados,
la gente sin previsión,
no sufría esa escasez
con las bebidas de alcohol.

Pero siempre ambiente sano,
festividad y alegría
e innumerables canciones
al acabar la comida.

Si el tiempo era generoso
había baños en el río,
dejando escenas que nunca
caerán en el olvido

con niños y adolescentes
en el puente de Piezalaparda
convertido en trampolín
igual que en las Olimpiadas.

Y, cuando acababa el día,
mi regreso favorito
cuando alguien subía al pueblo
en su remolque a los niños.

Foto superior: Julio Asunción
Foto inferior: Javier San Juan Arellano

“Santa Bárbara”

Los de Lerín somos los mejores,
aunque toda la gente es buena,
porque el resto sólo se acuerda
de Santa Bárbara cuando truena.

En cambio los de Lerín
nos acordamos todo el año,
la tenemos por patrona
y presente en el retablo,

dibujada en las gaseosas
que embotellaba mi abuelo
y también tiene una calle
con su nombre en nuestro pueblo.

Por eso no es de extrañar
que, cuando cayó la campana
y cuando se coló el rayo,
nos rescató Santa Bárbara.

Hay versiones que decían
que estaba la plaza llena,
otros que estaba vacía
pero de milagro era,

como contaba en su chiste
el mítico Carbonero,
“la plaza estaba vacía
y casi mata a medio pueblo”.

Cada uno crea lo que quiera,
yo no intento convencer,
sólo expreso la emoción
que me produce que creer

que en la corte celestial,
con un nombre que impresiona,
la patrona de las guerras
es mi santa protectora.

Por tanto no necesito
al primo de Zumosol,
a ver quién me tose ahora
teniendo su protección.

Yo la seguiré invocando,
aun cuando todo esté bien,
y cuando regrese al templo
me acercaré a agradecer.

Y cuando llegue su día,
cada cuatro de diciembre,
haré comida especial
como ella se merece.

Foto superior: José York
Foto inferior: Josecho Chocarro

“Los árboles que más amo”

Se cuenta que en la cultura
de los indios americanos
consideran a los árboles
sus amigos, sus hermanos.

Un vínculo que se expresa
no sólo en el sentimiento,
pues también se comunican
y saben hablar con ellos.

Ojalá fuese capaz
de conversar con un árbol
aunque en mi caso son dos
los árboles que más amo.

Los dos son pino carrasco
y se hallan en un enclave
que es un pulmón natural
donde confluyen dos mares

La especie mediterránea
y la vertiente cantábrica,
allí no verás el mar
pero sentirás sus brisas.

Allí confluyen las dos
y allí echaron sus raíces,
uno mira hacia el bochorno
y el otro al cierzo recibe.

De familia numerosa,
que une Falces y Lerín
en hileras uniformes,
se decidieron salir.

Los dos tienen troncos curvos
protegiéndose del viento,
raíces que salen y entran
varias veces por el suelo.

Son dos árboles cercanos,
en caminos paralelos,
en dos opuestos extremos
de inclinado cortafuegos.

Ojalá fuese yo un indio
de los que hablan su idioma,
me pasaría las horas
escuchando sus historias.

Y no tendría problema
en hacer ese repecho
las veces que hiciera falta
para ser su recadero.

Pero aunque no hable su idioma
puedo sentir su pureza
en sus ramas, sus acículas,
sus piñas y su corteza.

Foto superior: Agustín Garnica (Pino bonito)
Foto inferior: María del Mar Noguera (Pino Cuesta)

“¡Qué canso!”

“Papá, ¿qué significa canso?
Lo busqué en el diccionario,
en Google y en Wikipedia
y no sale en ningún lado.”

El canso, cariño mío,
es quien repite las cosas
que están claras para todos
una vez, otra vez y otra.

El canso es aquél que cuenta
algo con lo que te ríes
pero no sabe parar
y mil veces lo repite.

El canso no tiene casa
o, al menos, eso parece,
porque está siempre por ahí
aunque llueva o aunque truene.

Es alguien que se entromete,
que no guarda la distancia,
le das el dedo y coge el brazo
y piensa que tiene gracia.

El canso, cuando va al bar,
nunca sabe echarse un pote,
cuando el plan es un chupito
siempre insiste en poner bote

y, cuando llega el momento
que se enrarece el ambiente,
en vez de marcharse a casa
en todo el ajo se mete.

Tú cariño has de saber
que no tienes que ser canso,
porque la gente los ve
y se van para otro lado.

Hay cansos en todos los pueblos
y los conoce la gente,
los aguantan un momento
y se van en cuanto pueden.

Cuando te digan “¡Qué canso!”
tú párate a pensar
porque igual algo que haces
es posible que esté mal.

Lo peor en esta vida
es que piensen que eres malo,
pero hay pocas cualidades
que molesten más que el canso.

“Pa’l médico o pa’la monja”

El sistema sanitario
ha ganado en eficiencia
desde que empezó a operar
a través de cita previa.

Pero no tiene solera,
al menos en comparación
con el que existía antes
de instaurar la citación.

Llegabas y preguntabas:
¿quién está el último ahora?
Y alguien te repreguntaba:
¿pa’l médico o pa’la monja?

Y no es que si estabas grave
mejor que rezaran por ti,
es porque era religiosa
la ATS de Lerín.

La cuenta atrás empezaba,
unos salen y otros llegan
hasta que llegaba alguien
desbordado de impaciencia,

obligando a que surgiera
un paciente observador
que a todos enumerara
la perfecta sucesión.

Y si el paciente impaciente
desbordado se veía
y les contestaba “bueno,
yo ya volveré otro día”,

un anónimo susurro
se podía adivinar
cuando alguien balbuceaba:
“qué poco malo estará”.

Cuando aquello prosperaba
abandonabas la sala,
progresando hasta el pasillo
que servía de antesala.

Y, cuando estabas a punto,
de entrar a don Valentín,
la maldición te acechaba
cuando escuchabas decir:

“Mira, ha llegado el viajante”,
que tenía preferencia
pues tampoco había horarios
para el vulgo y la nobleza.

Oh, sistema sanitario
que operas con cita previa,
te cargaste el ambientillo
que había en la sala de espera.

“Venta a domicilio”

Ahora que la venta online
ha experimentado un pico
recuerdo la época dorada
de la venta a domicilio.

¡Timbre! Mi abuela gritaba
si era la leche o el pan
pues había pocas cosas
que le fastidiaran más

que cargar con la perola
y encontrarse al panadero,
hacer ese viaje en balde
le causaba desespero.

Eran las dos ocasiones
para el contacto social
cuando el barrio se juntaba
para la leche y el pan.

Luego había otros servicios
que operaban por encargo:
las gaseosas de Confort
y Mari con el butano.

Los que venían de fuera:
el relojero, los jueves,
la florista de San Fermín
y el de fundas para muebles.

Iban con los altavoces
pero, para megafonía,
la armónica del afilador
que tanto le distinguía.

Había quien iba pie,
aquél era el alfombrero,
con la mercancía al hombro
recorría todo el pueblo.

Y, entre tanto vendedor,
un perfil de comerciante
que poseía el derecho
a ser llamado “viajante”.

Con su cartera de cuero,
en tan sólo un periquete,
montaba demostraciones
de cuchillos y sartenes.

Con un público exigente,
primas, hermanas, vecinas,
convirtiéndose en plató
el salón o la cocina.

Quien piense que la compra en casa
es un negocio boyante
tal vez nunca conoció
la compra en casa de antes.

Trato personalizado
pues sabía el panadero
quién quería el pan más blanco
y quién prefería muy hecho.

Clasificaba y le daba
a cada uno la pieza
con el tono preferido
del color de la corteza.

Fotos cedidas por Florencio Aranda