“Pa’l médico o pa’la monja”

El sistema sanitario
ha ganado en eficiencia
desde que empezó a operar
a través de cita previa.

Pero no tiene solera,
al menos en comparación
con el que existía antes
de instaurar la citación.

Llegabas y preguntabas:
¿quién está el último ahora?
Y alguien te repreguntaba:
¿pa’l médico o pa’la monja?

Y no es que si estabas grave
mejor que rezaran por ti,
es porque era religiosa
la ATS de Lerín.

La cuenta atrás empezaba,
unos salen y otros llegan
hasta que llegaba alguien
desbordado de impaciencia,

obligando a que surgiera
un paciente observador
que a todos enumerara
la perfecta sucesión.

Y si el paciente impaciente
desbordado se veía
y les contestaba “bueno,
yo ya volveré otro día”,

un anónimo susurro
se podía adivinar
cuando alguien balbuceaba:
“qué poco malo estará”.

Cuando aquello prosperaba
abandonabas la sala,
progresando hasta el pasillo
que servía de antesala.

Y, cuando estabas a punto,
de entrar a don Valentín,
la maldición te acechaba
cuando escuchabas decir:

“Mira, ha llegado el viajante”,
que tenía preferencia
pues tampoco había horarios
para el vulgo y la nobleza.

Oh, sistema sanitario
que operas con cita previa,
te cargaste el ambientillo
que había en la sala de espera.

“Venta a domicilio”

Ahora que la venta online
ha experimentado un pico
recuerdo la época dorada
de la venta a domicilio.

¡Timbre! Mi abuela gritaba
si era la leche o el pan
pues había pocas cosas
que le fastidiaran más

que cargar con la perola
y encontrarse al panadero,
hacer ese viaje en balde
le causaba desespero.

Eran las dos ocasiones
para el contacto social
cuando el barrio se juntaba
para la leche y el pan.

Luego había otros servicios
que operaban por encargo:
las gaseosas de Confort
y Mari con el butano.

Los que venían de fuera:
el relojero, los jueves,
la florista de San Fermín
y el de fundas para muebles.

Iban con los altavoces
pero, para megafonía,
la armónica del afilador
que tanto le distinguía.

Había quien iba pie,
aquél era el alfombrero,
con la mercancía al hombro
recorría todo el pueblo.

Y, entre tanto vendedor,
un perfil de comerciante
que poseía el derecho
a ser llamado “viajante”.

Con su cartera de cuero,
en tan sólo un periquete,
montaba demostraciones
de cuchillos y sartenes.

Con un público exigente,
primas, hermanas, vecinas,
convirtiéndose en plató
el salón o la cocina.

Quien piense que la compra en casa
es un negocio boyante
tal vez nunca conoció
la compra en casa de antes.

Trato personalizado
pues sabía el panadero
quién quería el pan más blanco
y quién prefería muy hecho.

Clasificaba y le daba
a cada uno la pieza
con el tono preferido
del color de la corteza.

Fotos cedidas por Florencio Aranda

“Tajú”

Muchos lectores crecimos
con las historias de Obélix,
el que cargaba en sus hombros
menhires y jabalíes

y defendía a su tribu
en su traje azul y blanco
con su descomunal fuerza
derrotando a los romanos.

Y yo recuerdo en mi pueblo
un héroe que se ataviaba
con esos mismos colores
y con bravura atacaba

a los defensas rivales
que caían en manada
ante su impulso impetuoso
para júbilo de la grada.

Se crió en una familia
donde en lugar de menhires
eran bombonas naranjas
las que cargaban en ristre

y en los hombros las entraban
para cargar de energía
los hogares que tenían
de butano su cocina.

De ahí le vendría la fuerza,
tal vez también la energía
para mandar a la hierba
quien a su avance se oponía.

Seis goles al Ondalán
y siete goles al Sesma
llevando el delirio a la grada
de la mítica Romaleta.

Por el color de su piel
parecía brasileño
pero él era Tajú,
el hijo del butanero.

Profesión erradicada
por culpa del gas ciudad,
qué pena pues no es lo mismo
que el balón medicinal.

Si vas andando a los pinos
tal vez aún oigas los ecos
de las gestas que lograba
el Obélix de mi pueblo.

Fuerte, duro, contundente
pero siempre tan cordial,
se metía en sus Predator
y depredaba al rival.

Imágenes: recortes de Diario de Navarra (fotos: María Puy Amo y Leal)

“El médico de Pradejón”

Vino a hacer unos recaus
y, una vez que acabó todo,
se encontró la iglesia abierta
y entró pa’ rezar un poco.

Pero andaba alcahueteando
alguien que vio cómo entraba
y se fue corribandeando
para dar la voz de alarma.

“¡Seguro que hace algún chirgo!”,
como alma que lleva el diablo,
se fue corriendo la voz
y una cuadrilla juntaron.

Entraron y le arrearon
más palos que a una estera vieja,
que a un pandero en Navidad
y, con la samanta completa,

a alguien se le ocurrió preguntar
al pobre hombre quién era
y, cuando éste pudo hablar,
fue muy grande su sorpresa

cuando les dijo que era
el médico de Pradejón,
que quería ver la iglesia
y pedir alguna bendición.

Siempre habíamos oído:
“si vienen mil, quietos en Lerín”
y bien quietos se quedarán
si les tratamos así.

“Lerín, Lerín,
peñas altas, pueblo ruin”.
“Lerín, Lerán,
si no te joden, te joderán”.

Tal vez una rima de éstas
la hiciera el de Pradejón
pero, a pesar de la mala fama,
yo no le guardo rencor.

Foto superior: Diego Jiménez
Foto inferior: Agustín Garnica

“Idioma lerinés”

He oído que estás mustia
por la dichosa pandemia
pues siempre viajabas más
que la señorita Javiera.

Y que eres mucho cumplida,
más que la Hermenegilda,
y ni siquiera has podido
ir a casa de tus tías.

Yo quería proponerte,
pa’ quitarte el entriparro,
ir a andar a la pardeada
y pasear por el campo.

Si no tienes mascarilla
te la puedes furgachar
con unos retales viejos
y unas gomillas p’atrás.

Y, después de totañártela,
te acicalas el peinau
y bajamos por el río
hasta llegar al Picau.

Aunque sólo pueda ver
la mitad de tu sonrisa
tus ojos me contarán
que estarás mucho monilla

y, aunque tú te veas tierna
porque vas con mascarilla,
con tu gracia por arrobas
estarás mucho majilla.

Tendremos que pisar bien
con cuidau por hirmar mucho
que, como está el hospital,
no hagamos algún salchucho.

Y, antes de que se enfurrusque,
nos volvemos para casa
porque he visto que está nublo
y caerá una chaparrada.

Me haré cuando llegue a casa
cena de lomo albardau
pero no comeré mucho
pa’ no terminar inflau.

Y antes de acabar el día
un poema escribiré
para sentirme mejor
en idioma lerinés.

Fotos: Javier San Juan Arellano

“Mi paisaje”

Hubiese querido ir
a paisajes con arena,
olor a algas y sal
con el sol entre palmeras.

Hubiese querido ir
a paisajes de montaña,
buscar sendas entre riscos
y hacerme fotos con cabras.

Hubiese querido ir
a parques con monumentos,
con arcos de triunfo y lagos
entre turistas contentos.

Hubiese querido ir
a multitud de paisajes
pero me quedé con éste
habiendo hecho mi equipaje.

Y puede que mi paisaje
sea consciente de todo
porque ha hecho lo imposible
para mantenerse hermoso.

Se ha regado como hacía
un montón de primaveras
que no se regaba tanto,
en temporal y en tormenta.

Hasta se cubrió de blanco
en la víspera de abril
con lentos copos de nieve
brotando del cielo gris.

Se dio mil baños de sol,
se ha pintado de colores,
del rojo de la amapola
y todas las otras flores.

Cereales gigantescos
con un verdor que enamora
y ribazos con arbustos
con su minúscula flora.

Es año de monogamia
y lo sabe mi paisaje,
sabe que estaré con él
sin salir a otros parajes.

Y, al quererme complacer,
alegrar y deleitar,
se ha vestido de hermosura
como no lo hizo jamás.

“Rimar”

Es un cóctel de palabras
y de ideas que combinan
con emociones ocultas
que reclaman amnistía.

Saboreas el poder
que posee lo pequeño
cuando unas pocas palabras
pueden sacar de su encierro

anhelos, sueños, deseos,
amor de seres queridos,
lugares que son emblema
y refugio de uno mismo.

Es un juego en el que el ritmo
se mezcla con las metáforas
y va entrando en armonía
lo de antes con lo de ahora.

Y no sólo sientes gozo
al ver cómo todo rima
pues el regalo mayor
viene después de tu firma

cuando llega quien lo lee
y se deja penetrar
por la métrica y la rima
y por todo lo demás.

Sigue así tomando vida
al encarnarse en aquél
en cuya alma algo despierta
ese trozo de papel.

Y así rimas con amigos,
rimas con desconocidos
y el corazón de esos seres
también rimará contigo.

Qué grande es la poesía
que ha venido a darme fuerza
en un momento en que todo
se ha puesto contra las cuerdas.

Y ha venido a recordarme
la gente con la que rimo,
esa por la que merece
la pena seguir muy vivo.

“Amanecer”

Amanece antes que el día
y se viste de energía,
reconoce su pereza
y la encierra en su mesilla.

Piensa en si pasará frío
mientras despierta sus músculos,
los anima, los motiva,
los grandes y los minúsculos.

Abre la puerta y se lanza
guiada por las farolas,
sólo hay un tímido atisbo
de la luz del sol que asoma.

Siente el aire y su pureza,
casi le llega a embriagar,
dando zancadas más sueltas
y con más velocidad.

El paisaje va cambiando
en la tierra y el cielo,
que va vistiendo de luz
y color todo su cuerpo.

Ya se ha quitado el pijama
con la luna y las estrellas
y, jugando a los posados,
viste sus prendas de seda.

Un éxtasis de colores
que aparecen y se esfuman
mientras hace las delicias
de quien cada vez más suda.

Es posible que haya estampas
en que el cielo y el paisaje
combinen de tal manera
que le obliguen a pararse.

Y parará su cronómetro
pues la ocasión lo reclama,
espectáculo sublime
que reequilibra su alma.

Y tras cumplir el ritual,
reconquistará su ritmo,
para volver a su casa
con los deberes cumplidos.

Tras la ducha merecida
el más merecido almuerzo,
rematando ese placer
que volvió en la fase cero.

Foto superior: Iñaki Silveira (Valencia)
Foto inferior: Puri Martínez (Valle de Aranguren, Navarra)

“Riesgos laborales”

Con carpeta bajo el brazo
se presentan por sorpresa,
son los técnicos en riesgos
laborales de tu empresa.

En menos de dos minutos
te ponen patas arriba
la forma de trabajar
que has tenido de por vida.

Tu manera de sentarte,
la altura de la pantalla,
la distancia entre la silla
y la mesa en que trabajas.

Pausas para levantarte
o para dar un paseo,
date cuenta que tu espalda
no es de cemento o de hierro.

Te da la mano y tú piensas:
“él se va como si nada”
pero la inseguridad
ésa la deja en tu sala.

Cambias cuatrocientas veces
el teclado y la pantalla
y te compras un atril
para no dañar tu espalda.

Y hay noches en las que sueñas
que te vuelve a visitar
y que algo de lo que dijo
preferiste no cambiar.

Y te despiertas de golpe,
recuperas el consuelo
cuando ves que todo aquello
ha sido tan solo un sueño.

Me acuerdo mucho estos días
de ese ser seguro y firme
que lo tiene todo claro
y tan rotundo lo dice.

Y pienso en por qué no viene
y me explica cómo hacer
mi trabajo desde casa
sin pausas para comer.

Tal vez no he cogido el virus
mas cogí la solitaria
pues los almuerzos de siempre
me dejan como si nada.

Riesgos del teletrabajo,
el mayor la obesidad,
que me envíen al experto
y calme mi hambre voraz.

“Humor”

Cuando el cielo se enfurece
y comienza a apedrear
destrozando los frutales
y arrasando el cereal.

Cuando un torrente recoge
todas las aguas del cielo
y como un cañón devasta
lo que encuentra por el suelo.

Cuando una gran nube negra
te cubre de oscuridad,
sientes soledad y frío
desamparo y ansiedad.

Tienes en ti un arcoíris,
un refugio temporal,
un amigo, una caricia,
un abrazo maternal.

Es coraje, es rebeldía,
es consuelo, es libertad,
eres tú misma y tú mismo
queriéndote reivindicar.

El amor de tu familia,
de tu pueblo y tus amigos
estará presente en él,
es tu cultura y tu sino.

Tal vez no cambie en destino
pero te ayuda a fijarte,
en vez de en la oscuridad,
en el claro que se abre.

Es abrigo, es esperanza,
es alimento y sonrisa,
es futuro, es ilusión,
es seguridad y vida.

El humor que haces brotar,
¿qué, si no, podría ser?
No existe nada más tuyo
ni más valioso que él.