Dónde guardo los abrazos
que brotaron para ti,
los de las noches de marzo
y las mañanas de abril.

Y los que siguen brotando
como las flores de mayo
y aquellos que brotarán
hasta que me quite el sayo.

Al principio era algo fácil,
más o menos uno al día,
los guardaba sin problemas
en cualquier estantería.

Eran abrazos muy fuertes,
enérgicos, vigorosos,
de los de “no te preocupes,
que esto va a pasar muy pronto”.

Pero luego hubo inquietud,
morriña y algo de miedo,
me venían en manada
y mi armario acabó lleno.

Eran abrazos más largos
y algunos muy diferentes
a como son los abrazos
que nos hemos dado siempre.

Improvisé un almacén
y allí los tengo guardados,
con tu nombre, con su fecha,
todos bien catalogados

para conservarlos todos,
que no se pierda ninguno
y, cuando llegue el momento,
dártelos uno por uno.

Algunos van con estruje,
otros son con carrerilla,
con palmadas en la espalda
e incluso alguna caricia.

Algunos vienen con lágrimas
o con principios de asfixia
y algunos, de puro largos,
nos van a producir risa.

Quedaremos tantas veces
como sea necesario,
no quiero volver a casa
y encontrar algún abrazo

que guardé en el almacén
y le tenga que decir
que me entró algo de vergüenza
y al final no te lo di.