Una baldosa, una piedra,
un árbol que no podaron
cuyas ramas alargadas
están dibujando un arco

que tiene la misma forma
que el que hay en el soportal
donde alguien dejó un grafiti
con prisas por acabar.

Y enfrente, bajo el balcón,
luce un heráldico escudo
que nos recuerda el linaje
de quien el hogar fue suyo.

Chicles que no se despegan,
pegatinas en farolas
con eslóganes políticos
que arrancaron a las horas.

Otros verán más paisajes
con montes y con molinos,
con cabañas de pastor
y el serpenteo del río

que, en su murmullo, nos cuenta
que va en busca del siguiente
queriendo que sienta orgullo
de tenerlo de afluente.

Fábricas, unas vacías,
otras emitiendo ruido
demostrando que hay sectores
que continúan muy vivos.

Y en los campos y los parques
flores nacidas en marzo
que, con las aguas de abril,
tienen su esplendor en mayo.

Hablaremos con el cielo,
con el viento, con el mar,
es probable que al principio
no queramos más que andar.

Y a la mañana siguiente
notando la inactividad
nos sentiremos cansados
y querremos contemplar

el mundo que nos rodea
un kilómetro a la redonda
con detalles que, aunque estaban,
nunca vimos como ahora.

Foto inferior: fachada de una antigua fábrica de conserva de pescado en Santoña (Cantabria)