Cuando el destino se tuerce
y el futuro luce incierto
con nubes que se aproximan
tiñendo de oscuro el cielo

una emoción interior
comienza despacio a abrirse,
el anhelo de volver
a las que son tus raíces.

Y mis raíces crecieron
profundas en una roca
coronada por la torre
que en lo más alto se asoma.

A kilómetros la veo
y sé que quiere decir
que estaba de centinela
porque me esperaba a mí.

Quiero recorrer sus calles,
con cuestas y desiguales,
pararme a mirar escudos,
fachadas y ventanales.

Emborracharme de vistas,
de secano y regadío,
de montes y de pinares
y las mil curvas del río.

Saludar a mis vecinos,
sentir el vínculo caliente
que sólo siento en mi pueblo,
que sólo me da mi gente.

Y después de mil paseos,
antes del atardecer,
quisiera bajar el río,
poner sarmientos a arder.

Cenar en el Rebollar,
untamorros o costillas
y apurar este romance
hasta que se apague el día.

Sé que tengo que esperar,
sé que queda mucho encierro,
pero cada día que pasa
se hace más grande mi anhelo.

Es mi pueblo, es mi raíz,
es mi madre, es mi energía,
es mi origen, mi destino,
es mi amante y es mi vida.

Sólo entienden su hermosura
los que se han criado en ella
o quien sabe de belleza
como el gran Lope de Vega.

Quiero que acabe el encierro
para ponerme en camino,
sin luces y sin estrellas
llegaría a mi destino.

Foto superior: Marcelino Azcoiti
Foto inferior: Mamen Pitillas