Han cuidado a mis mayores,
educado a mis pequeños,
se encargaron de vacunas
y de custodiar el templo,

que no faltaran canciones
ni salud espiritual
ofreciéndonos su vida
para la vida inmortal.

Nada de eso olvidaré
pero lo que más valoro
es aquello que ellas daban
y que vale más que el oro:

el amor y la ternura
reflejados en sus rostros
sonriendo en los saludos
de encuentros aleatorios.

Esas miradas cambiaban
el peso de la rutina
y renovaban el alma
de aquel que las recibía.

Hoy se van de la colina
y un trozo de mí se quiebra,
se separará del resto
y se marchará con ellas.

Ciento diez años de hermanas
me parecen un suspiro,
y sólo puedo decir:
“hasta siempre”, agradecido.

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